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El abuso de la alerta
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Música irritante, seriedad extrema y un gran videograph con títulos extra large solían ser los ingredientes de una información superlativa. Un código instalado entre un emisor que avisa que hay algo importante para decir, y un receptor que interpreta que lo que está por venir es substancial. Sin embargo, si estos recursos comienzan a utilizarse casi adictivamente, se terminan por construir dos modelos de espectador: el paranoico y el que relativiza el ruido de la sirena.
La placa roja, el “último momento”, el “urgente” y el tono de voz en alza pueden encontrarse en una caja de herramientas periodísticas, cuyo uso es conveniente sólo en determinadas circunstancias.
En caso de no ser así, en caso de que se ejerza un uso indiscriminado de esta forma de comunicación, y en caso de que el uso se convierta en abuso, el recurso deja de ser efectivo.
Y hoy día, los noticieros suelen caer en esta trampa, comen de esta golosina sin tener en cuenta que, después del dulce, viene el empacho.
Envueltos en esta tentación de decorar la información con palabras, gestos y anuncios, y de ponerle a todo una gran marquesina de color, terminan por generar en el público dos sensaciones: temor ante todo, y falta de discriminación entre lo relevante y lo secundario.
Vale el “último momento”, el “exclusivo” y la cara de consternación para contar que Messi tiene fiebre, del mismo modo que lo vale para anunciar que Macri está dando una conferencia de prensa, que Grondona le contestó a Maradona, que cae granizo en la ciudad, o que Carolina respira otra vez con tuvo de oxígeno.
Todo parece ameritar la subida del volumen, la recreación del estado de alerta permanente. No obstante, cuando Luís Lú aparece debajo de los escombros de Villa Urquiza tras dos días de búsqueda, o un grupo de delincuentes amenaza con lanzar de un sexto piso a una familia, el recurso se vuelve escaso y nadie atiende al sonido de la sirena.
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