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Matías Martin y Maju Lozano se encuentran frente a un programa sin nombre. No es más Vértigo, pero tampoco es otra cosa; aunque en realidad sí: es Pip..¡en el aire!, mientras espera ser "etiquetado" nuevamente. Por problemas legales (estaba registrado), debió abandonar su nombre bautismal; pero nada ocurre. Lo que antes podría haber sido trágico, hoy no pasa de una anécdota, cada vez menos la identidad de los ciclos está dada por su nombre.

La puesta de un "mote" a un producto no es cosa menor: es el inicio de su historia, su descripción interna y externa, su presentación en sociedad, aquello que lo hace ser para el resto.

El título de un programa debe (o debería) ser su síntesis, la representación de un esquema, la huella que explica el recorrido de una propuesta. Sin embargo, de un tiempo hacia acá, su importancia parece haberse resquebrajado.

El caso Vértigo lo ejemplifica. Porque tal vez su pérdida en los pasillos de un juzgado, no parezca sentida; tal vez Vértigo no representaba la verdadera identidad del programa periodístico de Telefe. Tal vez sí al principio, en donde casos testigos explicaban la estadía del "mareo" en sus vidas, pero tal vez no después.

Del mismo modo sucede con el "mundo perfecto" de Roberto Pettinato, que sí era slogan de aquella propuesta primitiva, que se había empezado a dibujar en 2009, con la construcción de un refugio de monólogos y sapadas en vivo, pero no de ahora, con un ciclo multi -forma que nada tiene que ver con aquel mundo que había soñado el conductor.

Igual pasa con Viviana Canosa, que este año decidió dejar en el camino a Los profesionales de siempre, para adoptar la fórmula Susana Giménez y anunciar "que en esta nueva etapa, haría lo que ella tuviera ganas de hacer". Pero el fundamento quedó trunco, cuando lo inundó con la vuelta al "chimento", y su nombre en la marquesina quedó falto de explicación.

Sucede también con Seis, siete, 8:00, un título que cuenta nada acerca de su potentado, y con 70.20.11, que en el intento fallido del público por buscar una asociación con el ciclo, termina por convertirse en "el programa de Chiche". Y así con más.

Aquí, la semejanza no está en el nombre, como sí todavía lo está en Malparida, Clase turista o Bajada de línea. Evidentemente, la pila bautismal debe buscarse en su contenido. Mientras tanto, el programa de Matías y Maju, que ya no es Vértigo, sigue como NN y no parece preocupar.



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