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Como mi papá
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“¡Hueca!”, sentenció Amalia Granata contra una de las coach de Soñando por bailar y puso fin a una discusión que giraba en torno a quién tiene más autoridad para opinar sobre danza. Entonces se armó el show: la lucha de egos, esa que ya es marca registrada en los mega shows de Ideas del Sur.
A paso acelerado, el reality concentra más historias de amor y odio entre participantes y jurados. No importa quién tiene más talento, quién baila mejor, sino quién es más polémico o quién tiene la historia más escandalosa. Todos quieren estar en el centro de la escena, compiten por el minuto de aire y el protagonismo del programa.
Como en ShowMatch, en Soñando por bailar las discusiones pasaron al primer plano. La presentación de cada performance pasó a ser una excusa para confrontar o llamar la atención. Siempre encuentran un motivo: una historia repleta de tragedia, un desamor o aprovechan pequeñas diferencias de opinión para llevarlas a la máxima exageración.
Pareciera que el formato de “certamen de baile” exalta el divismo. Donde enfocan las cámaras de Ideas del Sur, se encienden las ansias por la exhibición, comienza esa guerra mediática que el público ya conoce y vuelve a elegir año a año de la mano de Marcelo Tinelli a partir de mayo y ahora en Soñando por bailar durante el verano.
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