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Lleva tan solo un par de años desde su florecimiento, pero ya se convirtió en probablemente la mayor adquisición de nuestra tele.

Twitter penetró a fondo en la televisión argentina, un medio del que se retroalimenta y al que completa, desde una pantalla diferente. 

Twitter dio la posibilidad al televidente de anteceder una “@” al nombre de usuario del actor, periodista, participante, conductor, productor, canal o programa al que se quisiera dirigir y saber que esos 140 caracteres tienen una gran chance de ser leídos por los ojos indicados. 

Del lado de los que hacen la tele, la nueva herramienta les dio la oportunidad de testear en tiempo real cómo eso que hacen delante de la cámara impacta del otro lado, en seguidores que van desde aduladores a los que les gusta todo, hasta hipercríticos a los que no les gusta nada, pero pasando por otra gran cantidad de televidentes que aportan mucho con una acotación, corrección o critica constructiva. 

Twitter vino a ser un lugar intermedio que encajó perfectamente de ambos lados de la pantalla, un nexo conector entre dos necesidades: la de la gente de la tele de tener una devolución, más allá del microclima de la televisión y los números del rating, y del otro lado, la posibilidad de decirlo y ser escuchado y hasta tenido en cuenta. 

Hoy es impensado que un programa de televisión no tenga su cuenta oficial de Twitter, donde se habla en tiempo real de lo que hasta hace un tiempo no pasaba de los televisores y no salía de las casas, una relación que no habla de un cambio de pantallas, habla de trascenderlas.